El juicio final
Ayer estuve en el cielo, en el juicio final. Todos los que habitamos alguna vez el mundo estuvimos congregados frente al trono del “Altísimo”.
El juicio era personalísimo. Cada individuo se paraba, para ser enjuiciado, frente al “Hombre” que estaba sentado en el trono. En el lado derecho se iban congregando los que comulgaron con ese al que algunos llamaban “Dios” y que salían airosos del juicio. En el lado izquierdo se encontraban todos los que habían sido condenados por no comulgar con la “Palabra”.
Cuando llegó mi turno, observé a toda esa gente que ya había sido juzgada. Del lado derecho pude ver a varios sacerdotes, líderes religiosos e incluso a varios Papas, entre ellos Benedicto XVI; también había cantidad de gente de distintas religiones, entre ellas las que provenían del judeo-cristianismo; todos ellos vitoreaban y se regocijaban por haber “triunfado”.
Estuve algunos momentos pensativo, mientras esperaba que iniciara el juicio, cuando de pronto se me aclararon las ideas y dije:
—Ahora entiendo todo, ¡tú eres Lucifer!—
No esperé que se me enjuiciara, me declaré culpable de no ser un hipócrita. Me dirigí por mi propia voluntad hacía el lado izquierdo de Satanás, en donde me encontré con un grupo de librepensadores, los cuales me recibieron con gran felicidad, tan felices como yo.
Ahora estoy aquí, esperando la muerte eterna. Es el precio que hay que pagar por no ser un eterno esclavo. En verdad, valió la pena.